Viajar a África: por qué hay un antes y un después de tu primer safari

Hay viajes que descubren lugares. Y hay viajes que descubren una parte de ti que todavía no conocías.

Siempre me ha gustado viajar y durante años entendí los viajes como la mejor forma de descubrir la historia de un país, perderme por calles con siglos de vida, entrar en un museo sin mirar el reloj o sentarme en una pequeña cafetería para observar cómo transcurre la vida cotidiana. He disfrutado enormemente de ciudades como Roma, Estambul, Nueva York o París, y sigo creyendo que recorrerlas sin prisa es una de las mejores maneras de comprender quiénes somos y cómo hemos llegado hasta aquí.

Sin embargo, con el paso del tiempo empecé a notar una sensación que probablemente compartan muchos viajeros. La globalización ha conseguido acercar el mundo, pero también ha hecho que, en ocasiones, muchos destinos empiecen a parecerse demasiado entre sí. Las mismas marcas ocupan las principales calles comerciales, las mismas cafeterías aparecen una y otra vez y determinadas zonas históricas parecen haber sido diseñadas para el visitante antes que para quienes viven en ellas. Cambian los monumentos, cambia el idioma y cambia el paisaje urbano, pero hay momentos en los que uno tiene la sensación de que ya ha recorrido esa calle en otra ciudad.

Eso no significa que los viajes urbanos hayan perdido su valor. Al contrario. Continúan siendo una magnífica forma de acercarse al arte, a la arquitectura, a la gastronomía y a la historia de un país. Simplemente dejaron de sorprenderme como lo hacían años atrás. Y, quizá lo más importante, también dejaron de despertar en mis hijas esa curiosidad inagotable que siempre había asociado a los grandes viajes.

Todo cambió el día que cruzamos por primera vez el Estrecho de Gibraltar.

Nuestro primer contacto con África fue Marruecos. No era un safari, ni el África de las grandes migraciones, ni la imagen que la mayoría imaginamos cuando pensamos en el continente. Pero fue suficiente para comprender que acabábamos de entrar en un mundo distinto.

Recuerdo observar más a mis hijas que al propio destino. Mientras nosotros admirábamos la arquitectura, los zocos o el bullicio de las medinas, ellas parecían descubrir algo completamente diferente. Preguntaban por todo. Querían saber qué cocinaban aquellas familias, por qué los mercados tenían aquel ritmo frenético, cómo era la vida de los niños con los que se cruzaban o por qué tantas cosas resultaban distintas a las que conocían.

El viaje dejó de ser una sucesión de visitas para convertirse en una conversación constante.

Y entonces comprendí de verdad algo que mi abuelo me decía de pequeño: Viajar no solo sirve para conocer lugares, también sirve para despertar preguntas.

Aquellos días en Marruecos nos enseñaron que un viaje puede convertirse en una herramienta extraordinaria para educar. No porque un niño aprenda fechas o monumentos, sino porque empieza a mirar el mundo con otros ojos. Porque descubre que existen otras formas de vivir, otras costumbres, otros ritmos y otras maneras de entender la felicidad. Esa curiosidad es probablemente el mayor regalo que puede ofrecer un viaje.

Aquel primer contacto con África nos dejó una sensación difícil de explicar. Habíamos vuelto a casa con muchas fotografías, pero, sobre todo, con una enorme necesidad de seguir descubriendo el continente. Intuíamos que aquello era solo la puerta de entrada a algo mucho más grande.

No imaginábamos hasta qué punto cambiaría nuestra manera de viajar.

Cuando el safari deja de ser una actividad y se convierte en una forma de vivir el viaje

Un par años después llegó nuestro primer safari.

Como tantas otras personas, durante mucho tiempo había imaginado África a través de documentales. Pensaba en leones descansando bajo una acacia, elefantes cruzando lentamente una pista de tierra o jirafas recortándose contra un atardecer imposible. Creía que el gran recuerdo de aquel viaje serían los animales.

Me equivoqué.

Los animales fueron extraordinarios, por supuesto, pero el verdadero viaje estaba ocurriendo entre un avistamiento y otro.

Estaba en la emoción de salir cuando todavía era de noche y la sabana comenzaba a despertar lentamente. En el silencio que se hacía dentro del vehículo cuando el guía levantaba la mano para indicar que algo estaba a punto de suceder. En las explicaciones sobre una simple huella en la arena que, para nosotros, no significaba nada y que, sin embargo, contaba una historia completa para quien conocía aquel territorio.

Descubrimos que un safari no consiste únicamente en ver animales. Consiste en aprender a mirar, y eso cambia completamente la experiencia.

Con el paso de los días empezamos a entender que África no es un escenario preparado para el viajero. Es un ecosistema inmenso donde todo tiene sentido y donde nosotros somos únicamente invitados durante unos días. Esa sensación de humildad, de formar parte durante un instante de algo mucho más grande, es difícil de encontrar en cualquier otro destino.

Pero, curiosamente, algunos de los recuerdos más intensos no ocurrieron durante los safaris, ocurrieron cuando regresábamos al campamento.

Las noches africanas tienen algo especial. Quizá sea el cielo cubierto de estrellas, el sonido lejano de una hiena o el crepitar del fuego mientras todos compartimos la cena. O quizá sea simplemente que África invita a conversar como pocos lugares en el mundo.

Cada jornada terminaba igual. Nos sentábamos alrededor del fuego y empezábamos a recordar el día. Cada uno había visto cosas distintas. Mis hijas seguían haciendo preguntas, nosotros comparábamos fotografías, alguien recordaba una anécdota del guía y siempre aparecía una conversación que iba mucho más allá del safari.

Hablábamos de cultura, de naturaleza, de educación, de conservación, de cómo viven las comunidades locales y de todo aquello que no habíamos imaginado antes de viajar.

Fue entonces cuando comprendí que África no solo nos estaba enseñando un continente, nos estaba enseñando otra manera de viajar.

Roberto ya lo sabía mucho antes que nosotros

En aquellos viajes compartíamos muchas horas con Roberto Navarro. Y, cuanto más tiempo pasábamos con él, más entendía que su relación con África era distinta a la de cualquier viajero.

Roberto llegó al continente por primera vez con apenas dieciocho años. Lo hizo siguiendo una intuición difícil de explicar y regresó convencido de que algún día volvería. Cumplió aquella promesa muchas veces. Aprendió suajili porque quería entender a las personas más allá del idioma del turismo, construyó amistades que hoy forman parte de su vida y acabó recorriendo África durante más de veinticinco años.

Hay una imagen que resume perfectamente quién es Roberto.

Cuando llega a un campamento, los guías lo reciben como a un amigo que vuelve a casa. Hablan en suajili, recuerdan anécdotas de otros viajes y empiezan a planificar juntos cómo sorprender a los viajeros del día siguiente. Porque esa es otra de las cosas que más admiro de él: después de tantos años sigue buscando un nuevo rincón, un alojamiento diferente, una experiencia inesperada o una historia que contar.

Nunca ha dejado de viajar con la ilusión de quien sigue descubriendo África por primera vez.

Y quizá por eso siempre repite una frase que al principio me resultaba curiosa.

Cada vez que alguien le dice que va a hacer su primer safari, sonríe y responde: “Qué envidia”.

No es una frase hecha, es una confesión.

Porque solo existe una primera vez en África.

Solo una primera vez escuchando rugir a un león en mitad de la noche.

Solo una primera vez viendo amanecer sobre la sabana.

Solo una primera vez sintiendo que aquello que llevabas años viendo en documentales está sucediendo delante de tus propios ojos.

Los siguientes viajes pueden ser incluso mejores, más profundos o más completos, pero esa primera emoción pertenece para siempre a quien la vive.

El viaje en el que nació Kimara

Fue durante uno de aquellos viajes por Kenia, compartiendo experiencias con nuestras familias, cuando empezamos a hablar de algo que hasta entonces no tenía nombre.

Nos hicimos una pregunta muy sencilla.

¿Cómo sería la agencia de viajes en la que nosotros mismos querríamos viajar?

La respuesta no hablaba de hoteles de lujo ni de itinerarios espectaculares. Hablaba de confianza, de conocimiento, de cercanía, de honestidad. De cuidar los pequeños detalles que muchas veces son los que convierten un buen viaje en un recuerdo imborrable.

Queríamos crear una agencia que escuchara antes de proponer. Que diseñara cada viaje pensando en las personas y no en un catálogo. Que recomendara únicamente aquello que nosotros elegiríamos para nuestras propias familias.

En realidad, Kimara no nació en una oficina, nació alrededor de un fuego en África.

Nació después de muchos kilómetros recorridos, de muchas conversaciones y de una certeza compartida: los mejores viajes no son los que más lugares incluyen, sino los que consiguen dejar una huella mucho tiempo después de regresar.

Hoy, cuando veo a una familia preparar su primer safari, inevitablemente recuerdo el nuestro. Recuerdo las preguntas de mis hijas, las conversaciones de aquellas noches y la emoción de descubrir un continente que terminó cambiando nuestra forma de viajar.

Y entonces entiendo perfectamente la frase de Roberto: “Qué envidia”.

Porque solo hay una primera vez.

Y porque, aunque regreses una y otra vez a África, nunca volverás a sentir exactamente lo mismo que aquel día en el que descubriste que algunos viajes no solo te llevan a otro lugar, también te llevan a una versión diferente de ti mismo.